Por lo tanto, para salir del paso y evitar agrandar el problema no digas nada, puedes decir que la situación no te gusta o puedes pedir hablar más tarde y, en seguida, abandona el lugar. Ahora, si no puedes abandonar el lugar, quédate en silencio, cuenta hasta siete y respira profundamente.
Supongamos que tienes que hablar y aún no te sientes sereno, no exageres diciendo: “Siempre eres…”; tampoco deberías enjuiciar al otro, diciéndole “eres incapaz de…”, ni menos insultarlo dejándole “humillado” en algún sentido.
La clave es tratar de hablar desde el YO, habla y comunica qué te pasa a ti con esa situación particular, no le digas al otro cómo es o cómo se comporta, sino cómo te hace sentir lo que él/ella hace, cuáles son los efectos en ti de la conducta y palabras de él/ella. Deja que el otro te entregue su parecer al respecto, haz que sienta que realmente le pones atención y sugiérele alternativas para futuras situaciones.
Si tomas esta actitud, harás que el otro se dé cuenta realmente de cómo te llegan sus palabras o actos, de cómo estás recibiendo esas palabras o acciones, hecho que muchas veces el otro no se ha dado cuenta, no ha percibido y que recién en ese momento lo reconoce. Así, generalmente termina pidiendo disculpas y preguntando “¿Por qué no me lo habías dicho?”... o diciendo “No pensé que te hacía sentir mal”...
Dile al otro por qué actúas como actúas, dale a conocer tus razones. De este modo, entenderá tu reacción, y la relación fluirá en armonía.
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